El hombre del sombrero tarareaba un tango de Gardel mientras miraba al
fumador, de pronto un grito de horror se escapa de su garganta.
-¡Por Dios y todos los santos! – dice con un acento medio raro.
-¿Qué le pasa, hombre? Pregunta el fumador.
El hombre de sombrero y traje trataba de que las palabras salieran de su boca.
-Señor, usted está bañado en sangre. ¿Se encuentra bien?.
-¡Por Dios y todos los santos! – dice con un acento medio raro.
-¿Qué le pasa, hombre? Pregunta el fumador.
El hombre de sombrero y traje trataba de que las palabras salieran de su boca.
-Señor, usted está bañado en sangre. ¿Se encuentra bien?.
-Tranquilo hombre, la sangre no es mía, es de mi amante que acabo de
matar porque me engañaba con otro hombre.
-¿Realmente mató a su amante? Atinó a preguntar atónito.
-Sí, y ahora voy a matar a mi esposa.
-¿¡Por qué!? Pregunta escandalizado pensando que tal vez era una broma.
-Mira- responde tranquilamente el hombre. Llevo treinta años de casado, con hijos de treinta y tres y treinta y cinco años. Si usted hace una pequeña cuenta verá que me obligaron a casarme. Hace treinta y dos años que le soy infiel a mi mujer, siempre con distintas y en algún momento con varias suripantas a la vez. Durante estos últimos siete años me encontraba a escondidas con una señorita de pelo rubio, que a su vez engañaba a su esposo conmigo. Hoy, como suele suceder, fui a su casa y la encontré divirtiéndose con otro hombre. Lo único que recuerdo es que se nubló mi vista y al despertar me encontraba sobre el hombre golpeándolo bruscamente, aunque él ya no daba señales de vida. Salí pensando que, tal vez, eso no hubiera sucedido si no me hubiese casado, que todo era culpa de mi mujer, y por eso ahora la voy a matar ... ¿Y vos a dónde vas?.
-¡Emmm, emmm! – ya bastante asustado y temblando, el del sombrero no supo que responder.
-¡Hombre!, o debería decir “hombrecito”, no se preocupe que no lo voy a matar. Este cuchillo – dice levantándolo – no es para usted.
El fumador ensangrentado observa con gran tranquilidad al hombre de sombrero que temblaba de miedo, entonces, dice con desprecio mientras se aleja.
-Usted no es un hombre, es una mujercita con traje y acento raro.
Se produjo un brusco silencio que fue interrumpido por el sonido de tres disparos seguidos por su eco. El fumador ensangrentado cae al piso, el del sombrero se acerca despacio, lo mira cara a cara y le dice:
-¡Yo no soy ninguna mujercita!, ¿entiendes?.
Balbucea palabras incomprensibles, el hombre moribundo, mientras la sangre se escapa de su boca.
-Sí, yo, ya se quién es usted. Lo vengo siguiendo durante toda la noche. Su amada mujer es mi amante y me ha enviado a matarlo. Ella siempre se ha quejado de que usted es un ser despreciablemente asqueroso, que deseaba ver muerto, así que yo cumplí su deseo.
Dicho esto, tomó el cigarrillo caído del hombre ya muerto y se alejó fumando lentamente...
-¿Realmente mató a su amante? Atinó a preguntar atónito.
-Sí, y ahora voy a matar a mi esposa.
-¿¡Por qué!? Pregunta escandalizado pensando que tal vez era una broma.
-Mira- responde tranquilamente el hombre. Llevo treinta años de casado, con hijos de treinta y tres y treinta y cinco años. Si usted hace una pequeña cuenta verá que me obligaron a casarme. Hace treinta y dos años que le soy infiel a mi mujer, siempre con distintas y en algún momento con varias suripantas a la vez. Durante estos últimos siete años me encontraba a escondidas con una señorita de pelo rubio, que a su vez engañaba a su esposo conmigo. Hoy, como suele suceder, fui a su casa y la encontré divirtiéndose con otro hombre. Lo único que recuerdo es que se nubló mi vista y al despertar me encontraba sobre el hombre golpeándolo bruscamente, aunque él ya no daba señales de vida. Salí pensando que, tal vez, eso no hubiera sucedido si no me hubiese casado, que todo era culpa de mi mujer, y por eso ahora la voy a matar ... ¿Y vos a dónde vas?.
-¡Emmm, emmm! – ya bastante asustado y temblando, el del sombrero no supo que responder.
-¡Hombre!, o debería decir “hombrecito”, no se preocupe que no lo voy a matar. Este cuchillo – dice levantándolo – no es para usted.
El fumador ensangrentado observa con gran tranquilidad al hombre de sombrero que temblaba de miedo, entonces, dice con desprecio mientras se aleja.
-Usted no es un hombre, es una mujercita con traje y acento raro.
Se produjo un brusco silencio que fue interrumpido por el sonido de tres disparos seguidos por su eco. El fumador ensangrentado cae al piso, el del sombrero se acerca despacio, lo mira cara a cara y le dice:
-¡Yo no soy ninguna mujercita!, ¿entiendes?.
Balbucea palabras incomprensibles, el hombre moribundo, mientras la sangre se escapa de su boca.
-Sí, yo, ya se quién es usted. Lo vengo siguiendo durante toda la noche. Su amada mujer es mi amante y me ha enviado a matarlo. Ella siempre se ha quejado de que usted es un ser despreciablemente asqueroso, que deseaba ver muerto, así que yo cumplí su deseo.
Dicho esto, tomó el cigarrillo caído del hombre ya muerto y se alejó fumando lentamente...
K, J.

